Género Criollo, Felipe Pinglo Alva

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Pinglo no fue el típico bohemio que, en noches o madrugadas de inspiración, produjo temas que eventualmente le brotaron del alma. Detrás de su prolífica producción, en cantidad y calidad, había un objetivo claramente definido: “Sacar adelante la canción criolla”.
No se trataba de una simple afición ni de un gusto por los valses y las polcas. Su meta trascendía la expresión jaranera de sus amigos y de su época, iba más allá.

Pinglo clamaba por una canción “con carta de ciudadanía peruana bien definida”. En otras palabras, asumía el reto de generar, a través de la música, una identidad nacional diferenciada que contribuyese a la tarea, aún no concluida, de construir una Nación Peruana.

La inmensa obra del Maestro, calculada por algunos en más de 300 canciones. Se produjo apenas en los últimos diez años de su vida, de 1926, el año de su temprana muerte. Su obra máxima, “El Plebeyo” la compuso en 1930. Y el tema que, según el eximio guitarrista español Andrés Segovia, constituye una expresión sublime de armonía y musicalidad, “ La Oración del Labriego”, lo creó recién en 1934.

Solamente las características mencionadas hacen de la obra de Pinglo algo diferente e inigualable. Pero hubo algo más que diferenció al Maestro de todos los demás compositores de música criolla: su vocación social. El “Felipe de los Pobres”, como acertadamente lo calificó el poeta Juan Gonzalo Rose, inauguró en el Perú y en América la canción testimonial, cantándole a los personajes más sufridos y marginados de la sociedad: al plebeyo, al labriego, al leñador, al canillita, a la obrerita y al mendigo.

A tal punto Pinglo remeció las estructuras sociales y económicas de su época que, en 1939, tres años después de su muerte, el gobierno del General Oscar R. Benavides prohibió a las radios de todo el Perú transmitir sus canciones por considerarlas subversivas y alteradoras del orden establecido.

Una significativa cantidad de canciones pinglistas tienen nombre de mujer y, por lo general, se refieren a amores frustrados. A los 17 años, Pinglo debuta como compositor cantándole a Amelia. Luego vendrían Porfiria, Haydee, Matilde, Rosa Luz, Angélica, Querubín, Dolores, Emilia, Herminia, Jesús y Hermelinda.
Otros temas, sin llevar nombre de mujer, giran en torno a experiencias amorosas: “Amor Iluso”, “El Huerto de mi Amada”, “Amor Traidor”,

“Crepúsculo de Amor”, “Horas de Amor”, “Pasión y Odio” y “Tu Nombre y el Mío”, entre muchos más.

A pesar de su entrañable cariño al Perú, demostrado por el gran objetivo que se propuso, Felipe Pinglo nunca le cantó a los callejones que rodearon su vida ni a Lima ni al Perú. Sólo su clásico vals “De vuelta al Barrio” menciona su cotidianeidad: el café, el criollo restaurante, el italiano, doña Cruz y la buena Isabel. Todos ellos fueron personajes del entorno de Felipe. El nació y vivió su juventud en la calle Del Prado, estudió en el Colegio Guadalupe, compuso gran parte de su obra en el Callejón del Fondo de la calle Mercedarias y, ya adulto, se trasladó a la calle Penitencia, donde murió el 13 de mayo de 1936, sin haber cumplido los 37 años de edad.

Los Barrios Altos, pues, fueron el escenario fundamental de su vida y su obra. Tuvo serios problemas de salud que lo llevaron a su muerte prematura. Se casó con Hermelinda Rivera y tuvo dos hijos, Felipe y Carmen, quienes aseguran que fue un padre amoroso y responsable. Trabajó toda su vida, no tomaba ni fumaba, fue un fervoroso católico y un hincha fanático del Alianza Lima.

Los analistas de la obra de Felipe Pinglo colocan a este creador a la altura de Carlos Gardel, Agustín Lara y Rafael Hernández. Y no les falta razón.
Jorge Basadre en su obra fundamental, “Historia de la República del Perú”, dentro del marco del desarrollo social y artístico del país, coloca a Felipe Pinglo Alva en la relación de personajes que renovaron el clima espiritual de nuestro pueblo.
Basadre dice: “(Pinglo) con su cara larga y angustiada, tocando su guitarra con la mano izquierda, compone infatigablemente la letra y la música de sus propios valses. En ellos suele haber un romanticismo sencillo y hállase también la crónica sentimental de los barrios del suburbio capitalino, el deslumbrante bullicio de las jaranas que se armaban a punta de voz y pecho, las tristezas y las alegrías del alma mestiza que buscaba su propia expresión sin dejarse seducir por los ritmos ajenos e importados”.

Algo importante de destacar es que Felipe Pinglo no fue un “criollo”, tal como se interpreta el término. No era un hombre risueño ni de bromas fáciles, no era bueno para las peleas ni trompeaderas. Era todo lo contrario a lo que Karamanduka describió en su vals “La Palizada”. Era el “Señor de la tristeza, monarca del dolor”, al que aludió Serafina Quinteras en “Mi Primera Elegía".